El perfume: historia de un asesino, Análisis
El perfume: historia de un asesino, Análisis

El perfume: historia de un asesino, Análisis

Año de publicación: 1985
Número de páginas: 255
Editorial: Booket
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El más monstruoso de los asesinos, nacido con un don excepcional para detectar los aromas. Un ser repulsivo en un mundo no mucho mejor que busca la creación, por cualquier medio, de su obra maestra.

El perfume: historia de un asesino (Das parfüm,  die Geschichte eines Mörders) es la primera novela del autor alemán Patrick Süskind. El autor ya era conocido por su trabajo como guionista y su obra previa (“El Contrabajo”, un monólogo teatral), pero fue esta novela la que catapultó su carrera convirtiéndose rápidamente en un best-seller que se tradujo en más de cuarenta idiomas a lo largo del mundo ¡y con razón!. De ella se hizo una adaptación cinematográfica en 2006, bastante buena en nuestra opinión, dirigida por Tom Tykwer y protagonizada por Ben Whishaw.

No podemos entrar en el libro sin un contexto, no podemos acercarnos a nuestro asesino sin conocer el mundo que lo rodea. El propio autor nos pinta su realidad para que seamos conscientes de dónde nos estamos metiendo.

Estamos en la Francia del siglo XVIII y nos vamos a enfrentar «uno de los hombres más geniales y abominables de una época en que no escasearon los hombes abominables y geniales.» Pero no nos adelantemos, compañeros. Nuestro hombre genial y abominable tiene un nombre, que es cuanto importa de momento, antes de entrar en detalles: Jean-Baptiste Grenouille. El autor nos dice que si pasó desapercibido fue porque se limitó al «efímero mundo de los olores».

Con su título ya te hace una idea de en qué clase de historias te estás metiendo, en el primer párrafo te lo aclara, pero su segundo párrafo es cuando Patrick Süskind consigue que el lector arrugue la nariz e incluso tenga que apartar la mirada de las páginas en una excelente demostración de poder descriptivo:

«En la época que nos ocupa reinaba en las ciudades un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y excrementos de rata; las cocinas, a col podrida y grasa de carnero; los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales. Las chimeneas apestaban a azufre; las curtiderías, a lejías cáusticas; los mataderos, a sangre coagulada. Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebollas y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos. Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraban por igual bajo los puentes y en los palacios. El campesino apestaba como el clérigo; el oficial de artesano, como la esposa del maestro; apestaba la nobleza entera y, sí, incluso el rey apestaba como un animal carnicero y la reina como una cabra vieja, tanto en verano como en invierno, porque en el siglo XVIII aún no se había atajado la actividad corrosiva de las bacterias y por consiguiente no había ninguna acción humana, ni creadora ni destructora, ninguna manifestación de vida incipiente o en decadencia que no fuera acompañada de algún hedor.»

 

Apestaba”. “Hedor”. Palabras que repite con frecuencia para recalcar el desprecio a cada uno de los olores y los sentimientos que tienen que producirnos aquel siglo. Pues ahora, que ya estamos empapados en la pestilencia de la época, avanzamos.

Nuestro protagonista, Grenouille (cuyo apellido significa “rana” para mayor desprecio) nace en el lugar más putrefacto de todos: el mercado de pescado de París. Porque si Francia huele mal, su capital lo hace peor. Y el mercado del pescado, junto al cementerio, el día de más calor… exacto. Pero Süskind no nos permite compadecernos de Jean-Baptiste, al contrario: desde el primer momento nos ha dicho que es abominable, ya en el título nos asegura que es un asesino. Es un narrador que nos influencia a lo largo de la novela para rechazar a su protagonista.

La madre de Grenouille, una pescadera que aspira a casarse con alguien de provecho, da a luz entre las tripas de pescado y lo abandona como hizo con sus otros niños y continúa con su vida. Según el autor, todo podría acabar aquí y es verdad, a fin de cuentas ¿qué esperanza tiene un recién nacido entre la inmundicia contra el mundo? Sin embargo, el niño llora, la madre es encarcelada y ejecutada por infanticidio. Grenouille pasa de manos (diferentes nodrizas que lo acusan de comer demasiado) y luego por el padre Terrier que lo cuida lo suficiente para que descubramos lo fundamental: el niño no tiene olor. Poco dura en las manos de Terrier hasta llegar al orfanato de madame Gaillard, una mujer sin olfato, perfecta para un niño sin olor.

Pero el autor no está satisfecho. Grenouille es una aberración, crece y queda herido y marchado por enfermedades, cortes, cicatrices, hasta una cojera. Carece de olor, lo que lo hace repulsivo, nos anuncia al asesino pero si todavía lo dudamos, nos lo deja claro llamándolo garrapata, acusándolo de haber gritado para matar a su madre y no para sobrevivir, por venganza y no por amor.

Fue un monstruo desde el principio. Eligió la vida por pura obstinación y por pura maldad.

Grenouille crece y no quiere ser amado, no quiere amar. A él solo le interesan los olores, vivir con ellos y de ellos. Se alimenta del don que sabe que posee y de la gente de la que vive. La comparación que utiliza el autor no es en vano. Todo aquel que alimente a la garrapata acabará mal. El joven Jean-Baptiste comienza a trabajar para monsieur Grimal, abandonando el orfanato y con ello inicia la exploración de París.

Lo que nos lleva al gran momento: su primer asesinato.

Por fin encuentra un olor que lo embriaga y colapsa su mundo interior. Persigue algo tan maravilloso y extasiante que le aterroriza la idea de perderlo y descubre que es una chica la que huele así. ¡Un ser humano! Cuando somos tan repulsivos. Como un drogadicto, ciego y sin ninguna clase de control, la mata. Embriagado en su esencia desencadena dos cosas: la desesperación de la pérdida y la determinación de querer convertirse en perfumista.

Esto lo lleva por distintos caminos, cada uno más retorcido que el anterior y nos hace cuestionarnos cosas: el autor enfatiza el monstruo que es Grenouille, por no importarle la interacción humana, por carecer de olor… pero las personas “sanas”, por llamarlas de alguna forma, no son mejores. Su primer maestro es Baldini, luego el marqués de Taillade-Espinasse (que le enseñó a moverse entre las personas) y por último madame Arnulfi, en Grasse.

Es en esta ciudad donde descubre El Olor, aquel que le recuerda a la joven que mató pero mucho más hermoso, más perfecto… y si pensamos en una flor, es una que aún no ha abierto sus pétalos pero ya comienza a emanar el aroma. Grenouille está cautivado, tiene una meta, tiene un objetivo: crear el mejor perfume que jamás podría existir.

 

Sin lugar a dudas esta obra es impresionante. Cada frase y cada descripción merece ser citada en el análisis pero acabaríamos copiando el libro. Les recomendamos de corazón que lo lean porque no tiene desperdicio. Con El perfume se acaba olvidando el aroma del papel para sentir aquello que lee y vivirlo con intensidad. ¡Esperamos que lo disfruten!

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