El cuento de la criada, análisis y crítica de la novela de Margaret Atwood
El cuento de la criada, análisis y crítica de la novela de Margaret Atwood

El cuento de la criada, análisis y crítica de la novela de Margaret Atwood

Año de publicación: 1985
Número de páginas: 416
Editorial: Salamandra
7

El cuento de la criada es uno de los mayores referentes en distopías literarias del S. XX. EEUU ha sido dominada por un grupo religioso que la consolida como la República de Gilead, retirándole los derechos a las mujeres y constituyendo un patriarcado religioso de enorme control. En este contexto, una mujer llamada Defred entra como Criada en la casa de un nuevo Comandante donde su única función será tener los hijos que su mujer no puede.

Sobre El cuento de la Criada

El cuento de la criada nos introduce en una sociedad distópica en los EEUU. En plena República de Gilead, el mundo se divide en varias categorías: los Comandantes organizan la sociedad empleando la religión como arma mientras que sus mujeres, las Esposas, se quedan en casa, esperando de forma paciente y retraída a que las Criadas tengan los bebés que ellas no pueden. En un mundo futuro en el que la contaminación química ha reducido drásticamente la fertilidad de todos los seres humanos, una mujer a la que llaman Defred empieza su trabajo como criada en una nueva casa. De ella solo se espera que se mantenga callada, quieta, y que tenga los hijos que Serena Joy, la mujer del Comandante, no puede tener. Pero esta tiene un increíble mundo interior que quiere compartir.

Análisis de El cuento de la criada

El cuento de la criada no es en absoluto la primera obra de Margaret Atwood, y eso se percibe en su escritura. Poco a poco, línea a línea, Margaret Atwood es capaz de envolvernos en el misticismo y el ambiente que rodea la República de Gilead y sus habitantes de una forma sensorial y extremadamente potente que ponen de manifiesto su bagaje como escritora. Frase tras frase, nos envuelve en la vida de Defred, de la cual no conocemos su verdadero nombre, realizando saltos entre el presente y el pasado para llenar las horas muertas que ocupan su día a día.

Pero ¿qué es lo que hace a El cuento de la criada una de las distopías más potentes del S.XX? En realidad es una suma de maravillosos y potentes factores.

El cuento de la criada se escribió en 1985. En aquella época, Europa vivía una situación turbulenta y los estudios socio-políticos estaban a la orden del día. La gente no era capaz de comprender cómo la mitad del mundo había caído bajo un régimen de opresión comunista que les impedía realizar su vida normal o expresarse por miedo a que el gobierno tomase represalias. El ambiente y el hedor del fascismo y de los horrores de la II Guerra Mundial todavía se estaban aireando, cuarenta años después, para todos los que quisiesen escuchar. Y en mitad de ese escenario, Atwood, como una magnífica adivina, predijo cómo podía una sociedad cambiar tanto sin que prácticamente nos demos cuenta: la inacción, la ignorancia, el hecho de ver los sucesos violentos en la televisión y no hacer nada para salir en la lucha por tus propios derechos provocó que los EEUU se convirtieran en un país extremo-religioso llamado la República de Gilead. Hay un párrafo realmente ilustrativo en el que Defred narra cómo ocurrió aquello:

Nada cambia en un instante: en una bañera en la que el agua se calienta poco a poco, uno podría morir hervido sin tiempo de darse cuenta siquiera. Por supuesto, en los periódicos aparecían noticias: cadáveres en las zanjas o en el bosque, mujeres asesinadas a palos o mutiladas, mancillas solían decir; pero eran noticias sobre otras mujeres, y los hombres que hacían semejantes cosas eran otros hombres. Nosotras no conocíamos a ninguno de ellos. Las noticias de los periódicos nos parecían sueños o pesadillas soñadas por otros. Qué horrible, decíamos, y lo era, pero sin ser verosímil. Sonaban excesivamente melodramáticas, tenían una dimensión que no es la de nuestras vidas.

Varias situaciones han llevado a desatar el furor religioso en la sociedad: las guerras químicas, la destrucción del planeta y la infertilidad en las mujeres. Estos radicales religiosos no son tan numerosos y sobre todo, no parecen tener tanto poder. Como en 1984, operan en las sombras, bajo nombres bíblicos contradictorios que aunque en un primer momento se relacionan con un significado positivo, en realidad están ligados al concepto contrario: Ángeles, Guardianes, Esposas. Todos en realidad cuentan con la única misión de vigilar, coaccionar y mantener el control de una República en la que ni los Comandantes están a salvo.

No es una cuestión religiosa aunque pueda parecerlo. Margaret habla a menudo de las “verdaderas creyentes”, como la Tía Lydia, la cual adoctrina a las nuevas Criadas que llegan al Centro Rojo. Tal y como demuestra el hecho de que haya un “club” secreto, la República de Gilead simplemente utiliza la religión como forma de control, eliminando los pasajes bíblicos menos interesantes para sus funciones y potenciando otros. El propio Comandante de Defred, a pesar de sus ideas misóginas sobre las mujeres en el pasado, mantiene reminiscencias antiguas: revistas, vestidos, juegos de mesa… y acude a antros a alternar con prostitutas a las que no pueden reubicar en su sociedad.

Defred se cuenta a sí misma un cuento en el que reconstruye su pasado y trata de darle sentido a su presente. Tiene prohibido prácticamente todo: incluso orinar con la puerta cerrada. El temor a que las Criadas se suiciden es demasiado alto. La presión por fracasar en su tarea de concebir un hijo es demasiado fuerte. La mayor parte de ellas acaban con sus vidas. Nolite te bastardes carborundorum. La propia Defred a menudo fantasea con la idea del suicidio o del asesinato: colgarse de una percha, prenderle fuego a su ropa o arrancar un gancho del retrete y apuñalar varias veces a su Comandante. Pero al mismo tiempo llena las horas, y las páginas, con la absoluta inacción: una situación que volvería loca a cualquier persona ya que la mayor parte del tiempo debe permanecer completamente quieta, sin hacer nada, dejando pasar el tiempo.

El hecho de narrar la total inacción, el tiempo que una protagonista pasa sin hacer nada, es un verdadero desafío para cualquier escritor. Y, sin embargo, Margaret Atwood es capaz de trasladarnos la desidia de la propia Defred y su propio aburrimiento sin contagiarnos con la misma sensación y hacer que cerremos el libro. La forma de escritura de la propia Defred es desordenada y caótica y a menudo se pierde en sus propios recuerdos, reconstruyéndolos y rehaciéndolos a la marcha y avisando al propio lector de que algunos, ni siquiera son reales. Pero intenta mantenerse optimista, y con este esfuerzo nos describe con todo lujo de detalles la luz que pasa a través de la cortina, el fuego rojo de sus vestidos o incluso las flores del jardín de Serena Joy. El libro es increíblemente sensorial y es capaz de de trasladarnos el olor y las sensaciones de cada color, del golpe del pan al ser amasado, del tabaco de Serena que anhelamos tanto como la propia protagonista o incluso del gusto por lo Kitsch en la decoración de la casa del Comandante.

Una de las partes esenciales de este libro es una crítica velada a lo rápidamente que se corrompen las ideas de sociedades que protegen a las mujeres y que acaban derivando en el control y la terrible rivalidad que se forman en cada uno de sus grupos. Las Marthas odian a las Criadas, al igual que Cora y Rita sienten desprecio por el papel que le ha tocado desempeñar a la propia Defred.

Por otro lado explora la idea del Síndrome de Estocolmo: cómo hombres que nosotros consideramos verdaderas bestias o animales sin escrúpulos como los comandantes nazis de las SS, siguen teniendo detalles que los vuelven humanos, queridos, cercanos. Que silben y desafinen en la ducha o que mimen a su perrito, que sean amables con la criada y con el resto del personal. Existe una segunda cara detrás de lo que nosotros consideramos “monstruos” o “psicópatas”. Todas las personas que han pasado a la historia por cometer enormes genocidios o barbaridades, eran seres amados por otros, que quizás no compartían sus ideales pero que se resistían a verles como los monstruos que el resto reconocían en ellos.

Es fascinante cómo Margaret Atwood pone esto de manifiesto muy pocos años después de que las primeras imágenes del genocidio nazi se hicieran públicas. El tema era controvertido, trascendental, y nadie hablaba en favor de los verdugos. Pero, de alguna forma, Atwood consigue mostrarnos cómo es el ser adoctrinada, perder tu libertad y sobre todo, temer recuperarla.

Cuando tras la guerra civil en Norteamerica se les entregó la libertad a los esclavos, muchos de ellos descubrieron que no sabían vivir por su cuenta y se entregaron a sus antiguos amos, por una paga miserable, como jornaleros. La libertad es un concepto difícil de digerir, difícil de describir. La protagonista de El cuento de la criada la encuentra en el sabor de las piezas del Scrabble, en una palabra que no tendría que estar allí o en el deseo de cometer un crimen y robar una flor del salón.

Pero precisamente, cuando Moira se escapa del Centro Rojo, las otras mujeres la condenan secretamente. Desean que vuelva, arrastrada y la castiguen. No porque sientan envidia de lo que ella fue capaz de hacer, sino porque, simplemente, consideran una auténtica imprudencia salir ahí fuera, donde pueden dañarlas sin la protección de las Tías.

Con el mismo propósito de despojarlas de pensamientos, de posibles rebeliones o de ideas, les prohíben leer (y penan la falta cortándoles la mano como queda de manifiesto en un punto de la novela) y les despojan sus nombres y sus identidades como mujeres, convirtiéndolas en una posesión de otra persona y sometiéndolas, continuamente, a la culpa y la amenaza de la muerte. Precisamente bajo esta premisa cobra especial importancia el personaje de Moira: una mujer que no se calla, que no se rinde, que encuentra la posibilidad de la rebelión en pequeñas cosas y que, al final, acaba rota como el resto.

 

Nuestra opinión de El cuento de la criada

La primera vez que abres El cuento de la Criada te prometen que te sumergirás  en un mundo con una atmósfera similar a 1984. Lo cierto es que fui tremendamente reacia a creerme esto. 1984 de George Orwell es sin lugar a dudas la novela timón de las distopías de futuro y del control por parte del gobierno y me costaba creer que Margaret Atwood fuese capaz de recrear en su obra el mismo aroma, la misma esencia, la misma desgarradora quietud que nos hace sentirnos absolutamente impotentes en un mundo hostil.

Pero lo cierto es que es capaz.

Decidí leerme El cuento de la criada para comprobar si de verdad era una novela digna de ser el bestseller que es por sí sola y sin el apoyo de la publicidad y la promoción que la magnífica serie de Hulu le ha otorgado. Y lo cierto es que me encuentro en una encrucijada a la hora de valorarla. Porque por un lado es una obra magnífica, sublime, de gran recorrido literario y una auténtica profesionalidad a la hora de transmitirme sensaciones, sentimientos, el tedio común y generalizado, la desidia y el propio aburrimiento. Y por otro, me pregunto cuánto me hubiera gustado si no hubiese visto la serie primero. 

El cuento de la criada le cuesta arrancar. Sus continuas idas y venidas del pasado al presente nos mantienen en vilo en una perpetua pregunta de ¿cómo se llegó a esta situación? que tarda enormemente en responder. A esta se le suma la gran incógnita de ¿cuál es el propósito de las Criadas? pero tendremos que esperar a la página 140 para poder descubrirlo. A lo largo de sus páginas, a menudo nos perdemos en relatos del pasado que no nos tienen sentido en un primer golpe de vista y que no nos trasmiten demasiado para volver a un presente en el que nada parece ocurrir.

Pero cuenta con pedazos magníficos. Reflexiones que te ponen los pelos de punta y personajes que son, sin lugar a dudas, cuanto menos misteriosos y contradictorios. El Comandante se nos muestra como un hombre maduro, casi anciano, que disfruta jugando al Scrabble y mimando a Defred porque intenta evitar que esta misma se suicide. A pesar de que en un primer momento se nos describe como un hombre complaciente y tímido, nunca podemos olvidar su papel como Comandante en esa locura que es la República de Gilead, y el hecho de que solicite un beso al final de cada sesión es cuanto menos inquietante y macabro debido a su posición. A ella no le da la opción de elegir, pero no lo considera como una simple violación.

Por otro lado, Margaret nos presenta a una mujer que no combate, que no busca la forma de unirse a la resistencia ni de luchar contra el sistema. Defred es sumisa, sometida, y a menudo recurre a la religión cuando no le queda nada. Habla de su hija de una forma desapasionada, como si estuviera completamente muerta y nos confiesa que en ningún momento planeó la huida, ni trató de ayudar a su amiga Moira o salió a las calles a manifestarse con otras mujeres. Le dejó el trabajo al resto y asumió, como una buena Criada, el papel que le tocaba desempeñar. Y a pesar de todo esto, Margaret consigue que no odiemos a la protagonista, que no la culpemos de su situación, que no le digamos: mátate, es lo más honorífico que podrías hacer. Llévate a dos o tres por el camino.

Empatizamos con su cobardia y su silencio. ¿Cuán bajos nos hace vernos esta novela?

Pero realmente no te dan una conclusión. El romance con Nick es acelerado, voluptuoso, inesperado, demasiado fácil para que temamos si realmente él es un Ojo. Serena Joy no se muestra amenazante en exceso, pierde fuerza por su cojera y su artrosis, no nos hace sentirnos aterradas cuando, al final, descubre que la propia Defred se ha acostado con su marido. El Comandante, pequeño y viejo, no resulta tan amenazante como debería. Deglenn desaparece de la noche a la mañana sin que la propia Defred piense demasiado en las consecuencias de que su compañera de paseos haya sido capturada.

M’aidez, pienso al escribir esta opinión, porque puede ser realmente impopular. Pero en cierto momento, simplemente dejé la novela y no encontré las fuerzas para recuperarla a menos que me forzara. Eso hice, y lo cierto es que el final me decepcionó. Y el epílogo es simplemente innecesario, grandielocuente y soberanamente pretencioso. El recurso del manuscrito encontrado que pretende arrojar algo de luz sobre lo que ocurrió con la protagonista simplemente destroza la duda final de si se trataba realmente de Mayday o de los Ojos. El tono de la propia conferencia es tan aburrido que me costó enormemente leérmelo sin saltarme ninguna frase.

Y quizás he de decir, por primera vez en mi vida, que la serie de Hulu me parece mejor hecha que el libro. Que el señor me guarde de las críticas, y que tengáis todos un glorioso día.

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