Decisiones, de Christopher Chirinod
Decisiones, de Christopher Chirinod

Decisiones, de Christopher Chirinod

El cielo que siempre está teñido como el arcoíris ahora se nota insípido, gris, mal presagio, se nota en el ambiente en el aire espeso y en el frío penetrante. Llevamos días sin charlar, sabemos lo que va a pasar y aun así nos aferramos a la idea de que no sucederá.

–Parece que hasta aquí podemos ir juntos –dice con la mirada perdida en el camino que lleva a Kryshar. Sabe lo que viene, tendrá que atravesar incontables caminos, ríos y montañas para volver a casa – Sabes que no tienes que seguir con esto, no le debes nada a nadie –añade después de un rato.

–Me lo debería a mí mismo –digo con voz débil mientras sujeto mejor el rifle colgado sobre mi espalda.

–Papá también era un soldado, y al final decidió volver a casa, a nosotros, a tener una vida.

–Tienes razón, pero recuerdo que también nos dijo: “Toma siempre la decisión de la que no te arrepientas” –Lo miro por fin, unos mechones rojos son lo único que le sobresale de la capucha. Nunca nos parecimos mucho y ahora después de todo, puedo estar seguro de que es así.

Nos quedamos un rato contemplando el paisaje. No hay mucho que ver salvo un monte cubierto hasta la cima de árboles. Mi camino discurre justo por el centro. Será complicado.
No sé qué más decir y no sé qué hacer. Quisiera que nos separáramos y la vez que se quedara conmigo; sin embargo él siempre ha sido más decidido que yo y toma la iniciativa.

–Te quiero, cuídate mucho –me dice cuando pone su mano sobre mi hombro.

–Tú también… –le suelto mientras lo abrazo. Se quita la capucha para que lo vea; su piel es como la plata adornada con pequeñas pecas y su cabello como fuego. Siento que algo presiona contra mi pecho y cuando bajo la mirada veo que es la espada de papá.

–Tómala –dice juntándola más contra mí.

–Pero…

–A donde voy no necesitamos esto. Además, sé que él querría que la tuvieras tú. Siempre fuiste su favorito.

No le respondo porque sé que es verdad. Desenvaino el arma solo un poco. Está afilada, tanto que podría cortar una hoja arrastrada por el aire. Lo miro sin saber qué decir. Le doy otro abrazo.

–¿Que harás al regresar? –pregunto al colocarme la espada en el cinto.

–Groover me ofreció cuando estuvimos en “El Pescador Solitario” entrenar a los nuevos cazadores. Madison me ayudará a entrar en política. No hace falta que me mires así, se lo que piensas: que todos son solo unos payasos en un gran circo que lo que hacen es gastar nuestro dinero en lanzarse cuchillos entre sí; pero la realidad es que esos payasos son los que controlan lo que va a pasar.

–¿En serio me dejarás por eso? ¿Por un montón de idiotas con trajes y su egocentrismo?.

–Creo que si vieras que esta es una misión suicida tú también irías con los “idiotas” –odio que copie mi forma de hablar.

–Puede que sea difícil pero es mejor que no hacer nada –le suelto apuntándolo con el dedo.

–Matar sin parar tampoco tiene mucho sentido.

Quizás tiene razón, pero qué más podemos hacer… Se reproducen como conejos… la solución es matarlos antes de que no podamos con ellos.

–Creo que ya hemos hablado suficiente. Buena suerte.

–Buena suerte.

Los dos nos alejamos sin más. La lluvia comienza a caer y corro al bosque que hay delante para resguardarme. Ahora estoy por mi cuenta. Camino lo que parecen horas abriéndome paso entre la naturaleza, creando mi propio sendero. Me sumerjo en mis pensamientos, ¿Dónde estará? ¿Qué le dirá a mamá cuando no me vea? ¿Estoy haciendo lo correcto? Piso algo pegajoso y antes de darme cuenta la bestia me empuja por detrás. Ruedo y me golpeo contra un árbol.  Estoy aturdido, pero aun así busco la espada de mi padre. No me da tiempo, todo se tiñe de rojo. Quizá sí me equivoqué. Quizá sí tenía que dejar esta misión suicida, pero tomé una decisión de la cual no me arrepiento y ahora ya es tarde. El frío me envuelve. Odio el frío.

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